Una experiencia que todos los costarricenses deberíamos tener.
I
25 de agosto del 2012
"El regalo que me hice"
La decisión no fue fácil, ni para mí, que duré 30 años para lograrlo ni para mi familia, que no se esperaban que esta recién inaugurada en los 50 años hiciera tal locura. Salimos de San José a las 9 de la mañana, con lo que llamaría un viaje de esperar, nada fuera de lo común: una buseta más o menos cómoda, almuerzo en el Cerro de la Muerte con su respectiva parada de rigor en la soda Chespiritos, algunas compras de último momento en Pérez Zeledón para luego seguir, sin escalas, a San Gerardo de Ribas, un pueblito muy bonito, con un río de aguas maravillosamente cristalinas, el río Chirripó Pacífico si mal no me acuerdo, en las faldas de la montaña que al día siguiente teníamos que empezar a escalar.Como dato curioso, de los 11 caminantes que conformaba el grupo de ascenso, seis éramos de Heredia, claro, que esto no es de extrañar pues no hay paseo donde no vaya un herediano, ahí en cualquier lugar del planeta donde vayás te vas a encontrar a algún vecino que también tomó la decisión de enrumbarse hacia el mismo lugar. Después de ubicarnos en nuestros respectivos cuartos, preparados los menajes del día siguiente, cenados y conversados, nos fuimos a dormir para iniciar muy temprano, a las 5 de la mañana, la caminata de mi cumpleaños, porque este fue el regalo que yo me hice para celebrar mis 50 primaveras cumplidas el 25 de junio pasado.
II
26 de agosto del 2012
Los crestones se aclararon

Salimos a la hora esperada, cobijados con la oscuridad de una noche hermosamente estrellada. No había ninguna luz que se interpusiera entre ese espectáculo en el cielo y mi asombro. Pude reconocer algunas de las constelaciones e imaginar el nombre del resto, el caso es que nunca había visto tal espectáculo, tal cantidad de estrellas, tal brillantez. El día anterior habíamos tenido una tarde noche completamente cuajada en lluvia, el aguacero fue torrencial y por dicha, a esta hora no llovía, así que iniciamos la caminata en un trillo embarrialado pero muy fresco. La temperatura era bastante baja y, por supuesto, íbamos bien abrigados. A los pocos minutos ya el cuerpo había empezado a calentarse al son del ritmo cardiaco. Todo fue cuesta desde el mismísimo inicio: cuestas pequeñas, empinadas, largas, larguísimas, bellas, empedradas, con barro, llenas de líquenes rojos, musgos verde claro, verde oscuro. Aparecía una curva y con ella la esperanza de un descanso pero otra pendiente mataba mis esperanzas y otra cuesta más difícil que la anterior llegaba sin anunciarse. En algunas de ellas pensé que no iba a poder continuar. En “La cuesta de los arrepentidos”, de la cual no me devolví porque estaba muy lejos del pueblo, tuve que contar los pasos. Sí, contar 50 pasos y descansar; 60 pasos y descansar; 100 pasos y descansar y luego iniciaba con 50 de nuevo. Esta cuesta es de las últimas, estaba muy cansada y tratando de sortear las piedras del camino. Cuando al fin llegué a la cumbre no pude retener el llanto. Lloré de agradecimiento, de alegría, de emoción de paz; lloré agradecida con Dios por permitirme llegar y ver lo grandioso de su creación. También canté cantos que no cantaba hacía miles de años. Por dicha que estaba sola, disfrutando de tanta belleza, de tanta dicha.
La compañía de la oscuridad
Estaba muy frío, la oscuridad aun más intensa que la madrugada anterior, el cielo cuajado de estrellas, el silencio aplastante.Comenzamos a caminar siguiendo un estrecho trillo, alumbrados por pequeñas lámpara que llevábamos en la cabeza, solo eso se veía, el reflejo de la luz en el suelo y en la espalda del compañero que iba adelante. A los pocos metros los más lentos íbamos quedando rezagados con más oscuridad alrededor hasta emprender un largo camino en solitario. Íbamos, la Madre Naturaleza y yo, tomadas de la mano, protegiéndonos, sin despegarnos la una de la otra y la oscuridad que no acompañaría las próximas dos o tres horas. Este es el truco, salir a oscuras para no tener la menor idea ni del camino ni de lo largo y escabroso de nuestro destino. Yo tuve tiempo de pensar. No pueden imaginar lo maravilloso que es hacerlo en medio de la nada, en esa oscuridad abrazadora, con ese aroma que solo la naturaleza tiene, con el frío entrándome por todos los poros, en total soledad, con un techo cuajado de luces estelares, en absoluta confianza, sin miedo porque sabias que no estabas sola. Por supuesto que llore en algún momento, lo hago siempre que algo me conmueve pero también reí y canté y recordé momentos ya olvidados. Es el instante más dulce con una misma. Poco a poco la penumbra se fue vistiendo de luz, perfilando las altísimas montañas. Las imágenes que empezaban a nacer con el nacer del día son de una belleza apabullante y junto al silencio profundo daban la sensación de estar en la misma creación del universo. “Los últimos quinientos metros son los más duros, es subir un peñón”, nos habían dicho, pero la verdad, mi verdad es que todo me parecía ese peñón.
IV
"Alcancé la cima"
A oscuras, las cuestas de piedra se vuelven interminables. ¿Será este el peñón? Me preguntaba cada vez que una pendiente aparecía. -No esa no, hay que seguir, me gritaba mi sentido común. Al fin apareció el más escarpado y difícil monte que había visto en el camino, si, era un peñón, este sí. El amanecer venía apresurando sus pasos cuando levanté mi mirada para dimensionar lo que tenía por delante. Pude ver, como colgando de uno de sus costado dos pequeñísimas luces caminantes. Era una pareja que me había pasado hacía como 20 minutos y que ya pronto llegarían a la cumbre. Mi primer pensamiento, por supuesto, fue "No puedo", pero de inmediato mis pies comenzaron a caminar hacia el risco, no podía creer tal intrepidez de mi parte. Todavía me faltaban como 400 metros para llegar al inicio del ascenso. Llegué y empecé a escalar y es que “escalar” es la palabra correcta, se escalaba, muy despacio, tratando de poner el pie en la piedra adecuada, usando las manos, gateando en vertical en algunos tramos. Es el momento en que el miedo aflora pero no hay tiempo de darle espacio, no se puede pensar más que en no caerse. Ya no hay tiempo para el arrepentimiento, yo puedo, me dije, ya estoy aquí y lo voy a lograr. Con el inicio de la subida, inicié mi rezo, con mucho esfuerzo, concentrándome el él. Poniéndome en paz con la vida, con mi pasado, con mis temores, con lo que ya pasó y con lo que va a venir. Veinticinco minutos después alcancé la cima…
A oscuras, las cuestas de piedra se vuelven interminables. ¿Será este el peñón? Me preguntaba cada vez que una pendiente aparecía. -No esa no, hay que seguir, me gritaba mi sentido común. Al fin apareció el más escarpado y difícil monte que había visto en el camino, si, era un peñón, este sí. El amanecer venía apresurando sus pasos cuando levanté mi mirada para dimensionar lo que tenía por delante. Pude ver, como colgando de uno de sus costado dos pequeñísimas luces caminantes. Era una pareja que me había pasado hacía como 20 minutos y que ya pronto llegarían a la cumbre. Mi primer pensamiento, por supuesto, fue "No puedo", pero de inmediato mis pies comenzaron a caminar hacia el risco, no podía creer tal intrepidez de mi parte. Todavía me faltaban como 400 metros para llegar al inicio del ascenso. Llegué y empecé a escalar y es que “escalar” es la palabra correcta, se escalaba, muy despacio, tratando de poner el pie en la piedra adecuada, usando las manos, gateando en vertical en algunos tramos. Es el momento en que el miedo aflora pero no hay tiempo de darle espacio, no se puede pensar más que en no caerse. Ya no hay tiempo para el arrepentimiento, yo puedo, me dije, ya estoy aquí y lo voy a lograr. Con el inicio de la subida, inicié mi rezo, con mucho esfuerzo, concentrándome el él. Poniéndome en paz con la vida, con mi pasado, con mis temores, con lo que ya pasó y con lo que va a venir. Veinticinco minutos después alcancé la cima…
Vinieron las fotos, el reconocimiento, el ensimismamiento, la incredibilidad, el percatarme de un agotamiento físico que no estaba registrado en las neuronas donde se guardan estos recuerdos en el cerebro.
V
Vaciar los miedos
Vi la línea Litoral atlántica y pacífica, el cerro de la Muerte, el monte Barú en Panamá, el cerro Kamuk en Costa Rica, el volcán Turrialba humeante e imponente . Lo vi todo, varias veces, bien abrigada. Estuve una hora llena de magia, llenando mi alma, vaciando mis miedos.
VI
El regreso eterno
El regreso eterno
Hay que bajar. El descenso es el más difícil, las rodillas se recienten, la vista tiene al frente, sin la complicidad de la noche, la imagen completa de lo que teníamos que desandar. Se me hizo eterno el regreso al refugio. El esfuerzo me excedió. La aventura de subir el Cerro Chirripó es mágica, y extremadamente
dolorosa, compensada siempre con la más bella experiencia que he tenido en mi vida. Pienso en el regreso a San Gerardo de Rivas y en mi cuerpo adolorido. Siete horas de camino hacia el inicio de esta hazaña. Ir al Chirripó debería ser una tarea que, como en la escuela, debiéramos cumplir todos los costarricenses.
VII
Lo más alto del país
Lo más alto del país
Conocer El Chirripó debería ser materia obligatoria desde que nacemos, la meta, el objetivo patriótico. No importa la edad, solo ir y estar ahí nos hace ser de otra forma, ver el mundo con los ojos internos, con los ojos del alma. Lograr esa meta nos hace ver el mundo desde otra perspectiva, desde lo más alto de nuestro país, desde lo más profundo de muestras experiencias, ser más con el mundo que nos rodea, ser más con nosotros mismos, con nuestros seres queridos y no tan queridos, ser más con la naturaleza, con los pájaros, con los manantiales, ser más hacia adentro para aprender a ver mejor hacia afuera.
